jueves, 3 de febrero de 2011



Si en las imágenes de Yagui Quintero están los cuellos de Modigliani, las cabezas de Picasso y las descomposiciones de Bacon, es para que la cultura alta escarmiente con las compañías vulgares: las patillas de Presley, las narices hardcore y los toques de historieta. En esos desniveles, que forman un organismo anfibio que emerge y se hunde despreocupado de su propia adaptación (se adapta a todo), ocurre la mitología visual en la que los hombres somos, como lo hemos sido siempre, un poco bestias. Al margen, en una órbita paralela, como un ángel caído que se precipita desde las alturas de la imagen -el Paraíso del Color-, los versos grises de Quintero hablan también su lengua materna: la de la ironía. “Hoy me voy a comunicar/con seres mucho más elevados que yo”. No es cierto. Yagui Quintero anula las referencias de jerarquía para cambiarlas por las de una invención múltiple (ideas, figuras, palabras) en la que las cosas no son altas o bajas sino flotantes. Juan José Becerra



FOTO / El ojo del trastornado. CC Islas Malvinas,
septiembre 2010

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